Siempre he opinado (y a estas alturas nadie me hará cambiar) que son muy poco de fiar los tipos y tipas que se “calientan” fácilmente. No hablo de sexo ni de gente friolera. Me refiero a todos los que se toman las cosas por la tremenda, que sacan los pies del plato a la menor contrariedad, que se irritan por cualquier menudencia, que abusan de su cargo o superioridad social para poner a parir a los demás o abusar. Con un nivel de irritabilidad y de prepotencia mezclados al cincuenta por ciento, son de temer porque sus reacciones primarias pueden ir desde el insulto al acto violento pasando por todo el arco intermedio de la mentira y la estupidez.
A menudo, tras “calentarse” se retractan o piden perdón, pero suelen volver a las andadas pues son así, si así os parece. El cabestro que hace unos días, con un permiso carcelario en la entrepierna, asesinó a su novia y fue a la caza de su anterior esposa y familia, debió tener un calentón pasajero, seguramente, pero los que sabemos algo de psicología cotidiana (sólo la imprescindible para andar por el mundo sin necesitar de psicólogos profesionales) afirmamos que los calentones no surgen de improviso si no que se rumian y rumian durante horas, días y años previos. No pueden argüirse como justificación ante la metedura de pata o de faca.
Francamente: estoy de “calentadores” hasta los mismísimos higadillos. No hay día que no tengamos a algún jamelgo o capullina haciendo de las suyas. A menudo la cosa queda en simple estupidez verbal (porque no pueden ir más allá, que si no…), otras el asunto se pone oscuro y tenebroso. Si mezclamos los calentones de personajes anónimos con los de gente afamada y conocida, se puede decir que en España –en los últimos tiempos- estamos achicharrándonos vivos con tanto hervor y calenturas. Gente culta y simpaticona como la Cristina Almeida hace poco echaba espuma por la boca afirmando su placer porque se quemaran los libros de determinados autores que a ella no le gustan nada. Otro día un político lenguaraz y pueblerino llamaba tontos cojoneros a los que votan a otro partido político y se quedaba tan ancho. “Me calenté” –afirmó poco después el camarada, pidiendo perdón, pero justificándose por el error. Casi por las mismas fechas los bastardos de la ETA descerrajaban cuatro tiros a un empresario vasco, fruto sin duda de un calentón que les dura ya más de cuarenta años. Los hay que viven en un calentón perpetuo.
Imaginémonos al médico que, en plena operación, se calienta por un quítame allá el bisturí; o al bombero, que jugándose la vida en el incendio, tiene que aguantar a los mirones que le dicen lo que ha de hacer; o al profesor de instituto al que le insulta en clase el niñato de turno; o la dependienta a la que ha puesto a cien esa clienta que ya le lleva pedidos quince pares de zapatos y al final se va sin dar las gracias. Si el personal anduviese “calentándose” cada vez que le tocan los cataplines o los ovarines de manera tan gratuita, esto sería Troya. Ocurre que la gran mayoría de la población suele tener autocontrol, es educada y reprime las ganas de armar bronca o responder ante los ultrajes o tomaduras de pelo que se le vienen encima. (Por supuesto, nunca saldrá en las televisiones dando gritos, haciendo el mono y cobrando). En cambio hay otro personal (políticos, famosuelos y gente que se cree imprescindible y docta) que andan con el calentón hora tras hora y, encima, presumiendo de ello. ¡Hasta se ganan la vida así…! (Ponle un micro a un calentador algo bocazas y le subirá la temperatura en cuestión de segundos).
Desde aquí, muy modestamente, sugerimos que las duchas frías, los cubos de agua gélida y los cubitos de hielo sean subvencionados al cien por cien dada su capacidad de apagar calentones y ridiculizar a los calentadores bípedos. En nuestro caso, y sin cobrar un duro, estamos dispuestos a seguir bajando los humos de quien se tercie, llámese ilustrísima o don nadie. Es uno de los pocos placeres que nos van quedando y nos ayuda a elevar nuestra autoestima, defensas vitales y sentido del humor.
A menudo, tras “calentarse” se retractan o piden perdón, pero suelen volver a las andadas pues son así, si así os parece. El cabestro que hace unos días, con un permiso carcelario en la entrepierna, asesinó a su novia y fue a la caza de su anterior esposa y familia, debió tener un calentón pasajero, seguramente, pero los que sabemos algo de psicología cotidiana (sólo la imprescindible para andar por el mundo sin necesitar de psicólogos profesionales) afirmamos que los calentones no surgen de improviso si no que se rumian y rumian durante horas, días y años previos. No pueden argüirse como justificación ante la metedura de pata o de faca.
Francamente: estoy de “calentadores” hasta los mismísimos higadillos. No hay día que no tengamos a algún jamelgo o capullina haciendo de las suyas. A menudo la cosa queda en simple estupidez verbal (porque no pueden ir más allá, que si no…), otras el asunto se pone oscuro y tenebroso. Si mezclamos los calentones de personajes anónimos con los de gente afamada y conocida, se puede decir que en España –en los últimos tiempos- estamos achicharrándonos vivos con tanto hervor y calenturas. Gente culta y simpaticona como la Cristina Almeida hace poco echaba espuma por la boca afirmando su placer porque se quemaran los libros de determinados autores que a ella no le gustan nada. Otro día un político lenguaraz y pueblerino llamaba tontos cojoneros a los que votan a otro partido político y se quedaba tan ancho. “Me calenté” –afirmó poco después el camarada, pidiendo perdón, pero justificándose por el error. Casi por las mismas fechas los bastardos de la ETA descerrajaban cuatro tiros a un empresario vasco, fruto sin duda de un calentón que les dura ya más de cuarenta años. Los hay que viven en un calentón perpetuo.
Imaginémonos al médico que, en plena operación, se calienta por un quítame allá el bisturí; o al bombero, que jugándose la vida en el incendio, tiene que aguantar a los mirones que le dicen lo que ha de hacer; o al profesor de instituto al que le insulta en clase el niñato de turno; o la dependienta a la que ha puesto a cien esa clienta que ya le lleva pedidos quince pares de zapatos y al final se va sin dar las gracias. Si el personal anduviese “calentándose” cada vez que le tocan los cataplines o los ovarines de manera tan gratuita, esto sería Troya. Ocurre que la gran mayoría de la población suele tener autocontrol, es educada y reprime las ganas de armar bronca o responder ante los ultrajes o tomaduras de pelo que se le vienen encima. (Por supuesto, nunca saldrá en las televisiones dando gritos, haciendo el mono y cobrando). En cambio hay otro personal (políticos, famosuelos y gente que se cree imprescindible y docta) que andan con el calentón hora tras hora y, encima, presumiendo de ello. ¡Hasta se ganan la vida así…! (Ponle un micro a un calentador algo bocazas y le subirá la temperatura en cuestión de segundos).
Desde aquí, muy modestamente, sugerimos que las duchas frías, los cubos de agua gélida y los cubitos de hielo sean subvencionados al cien por cien dada su capacidad de apagar calentones y ridiculizar a los calentadores bípedos. En nuestro caso, y sin cobrar un duro, estamos dispuestos a seguir bajando los humos de quien se tercie, llámese ilustrísima o don nadie. Es uno de los pocos placeres que nos van quedando y nos ayuda a elevar nuestra autoestima, defensas vitales y sentido del humor.
GOLFISTA CALENTÓN - VIDEO BASTANTE PEDAGÓGICO.
Perdonen los insultos y barbaridades que se dicen en el video pero todo sea por el final de la historia.
JOAN BAUTISTA HUMET - QUE NO SOY YO
Esta semana falleció el cantautor. Siempre nos quedará su música y su bonhomía, tan alejada de los divismos y calentones de muchos de sus colegas de profesión.











