“El señor K. no consideraba necesario vivir en un país determinado. Decía:PD: Tras asistir hoy a la coronación harto patriotera del emperador Obama, no sé porqué, me vino a la mente este viejo cuento. Tendré que consultar al psiquiatra a ver si hay una explicación razonable.
-En cualquier parte puedo morirme de hambre.
Pero un día en que pasaba por una ciudad ocupada por el enemigo del país en que vivía, se topó con un oficial del enemigo, que le obligó a bajar de la acera. Tras hacer lo que se le ordenaba, el señor K. se dio cuenta de que estaba furioso con aquel hombre, y no sólo con aquel hombre, sino que lo estaba mucho más con el país al que pertenecía aquel hombre, hasta el punto de que deseaba que un terremoto lo borrase de la superficie de la tierra.
-¿Por qué razón –se preguntó el señor K.-me convertí por un instante en un nacionalista? Porque me topé con un nacionalista. Por eso es preciso extirpar la estupidez, pues vuelve estúpidos a quienes se cruzan con ella.”
Bertol Brecht – Historias de Almanaque.
martes, 20 de enero de 2009
domingo, 18 de enero de 2009
LA CHARLOTADA DE LOS AUTOBUSES "ATEOS" Y "CREYENTES"
18.1.09 Por Juan Puñetas
Hace varios meses, en la publicidad de algunos autobuses londinenses se podía leer la frase: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?”. A continuación figuraba la dirección de una página web. Aquello hubiera quedado en nada si no llega a ser porque una periodista del diario The Guardian, en plan curioso, entró en la mencionada página y leyendo lo que allí se decía, cogió un cabreo personal de tres pares de narices, o sea, de seis napias. Según esa página “sería condenada como no creyente a permanecer para siempre separada de Dios y a sufrir eternamente tormento en el infierno”. En fin, las gilipolleces que se decían habitualmente hasta que llegó el Concilio Vaticano II y las barrió del mapa, si bien algunos analfabetos nunca llegaron a enterarse de las reformas y siguieron -y siguen- con la misma cantinela. La periodista solicitó entonces a los lectores ateos que colaboraran económicamente para contraatacar publicitariamente en los autobuses con la frase: “Probablemente no hay Dios, deja de preocuparte y disfruta la vida”.
El problema vino luego cuando empezó el mimetismo y, sin venir a cuento, la idea saltó las fronteras, pero en sentido inverso. Ahora eran los autobuses “ateos” los que tomaban la iniciativa. Así ocurrió en EEUU y hasta en la secularizadísima Australia, donde pasan hasta de los canguros. Desde hace unos días la charlotada ha llegado a Spain, sacada también fuera de contexto (bien que lo hemos explicado en el primer párrafo), lo cual demuestra la estupidez de la idea pues –que se sepa- ningún autobús de línea ha proclamado previamentela existencia divina. Pero da igual que igual da. Como era previsible, a algunos les ha faltado tiempo para contraatacar con otros autobuses: ”Cuando todos te abandonan, Dios sigue contigo”.
El hazmerreir de frases y autocares, reduciendo a unos vulgares slogans un debate apasionante y profundo que nunca tendrá fin, ha desembarcado en primer lugar en Barcelona y luego, o al mismo tiempo, discurrirá por otras ciudades y recintos. Activistas de uno y otro signo están encantados por la ocasión y usan el nombre de Dios sin pagar canon ni derechos de autor, los unos como si tuvieran enchufe directo con el Altísimo y los otros como si anduviesen con el libro de reclamaciones. Ya han empezado las primeras objeciones de conciencia: en Londres, un chófer (“sentí horror, no podía conducir y me marché de casa” –dijo el aspirante al despido o a la beatificación); en Italia, donde el chou empezará el día 4 de febrero -la estupidez, ya ven, está más globalizada que la economía- los sindicatos estudian el derecho de los conductores objetores a llevar un autobús sin publicidad que les hiera la conciencia y la retina. Supongo que también ocurrirá a la inversa en las campañas replicantes, para no ser menos. Algunos sólo se acuerdan que tienen conciencia cuando les tocan la cosa religiosa o su contraria.
Ante la chorrada de los autobuses, ¿qué deberían hacer los que agnósticos o quienes pasan de semejante memez cartelera? ¿Contratar también otros autobuses con frasecillas como “A mí ni fu ni fa” o “Dejad a Dios en paz, que ya tiene suficientes problemas personales” o “¿A nosotros qué nos importan vuestros rollos”)? ¿A qué viene montar una campaña publicitaria en la vía pública con las creencias religiosas o no religiosas como arma arrojadiza hacia los otros, usando un lenguaje digno de un anuncio de colonia? Bien pudiera ocurrir que de la anécdota pasemos a la categoría en cuanto que -como en el fútbol- algunos fanáticos o tontos del culo conviertan el asuntejo en un problema de orden público, armándose la de dios.
Los polítiquillos de medio pelo se quitan de en medio (“no se infringe la Ley”), los gestores de los autobuses se forran los bolsillos ante el negociejo sobrevenido por la calentura de algunos, ciertas asociaciones muy conocidas en su casa a la hora de recoger subvenciones sacan la patita para hacer se famosuelas y los periódicos ya empiezan a recoger las sandeces de los primeros guerrilleros: “Los ateos han salido del armario. ¡Pobrecillos! De verdad que me mueven a compasión y me dan una tremenda lástima. Muy satisfechos de lo inteligentes que son, han quitado a Dios y han entronizado a la diosa razón. ¿No os mueven a conmiseración? Cuando tengan algún problema, ¿qué van a hacer? ¿Encomendarse a la fría e inmisericorde razón? Creen haberse liberado y han caído en una esclavitud fría y estéril. (…) ¡Necios! La vida se disfruta realmente cuando tiene una finalidad más allá de la de “comer y beber que mañana moriremos”. De verdad que no sabéis qué es ser felices”. (Carta al director publicada en ABC el 17/01/09).
La mecha está lista y preparada para que algunos le arrimen el mechero. Sólo falta que un descerebrado algo peliculero convierta en chatarra un autobús de esos del cartel adosado. Viendo cómo han empezado a tomarse algunos esta charlotada, el Puñetas empieza ponerse en lo peor… Mientras lo vemos venir, me quedo con esta reflexión de Mingote, publicada el 20 de abril de 2008.
== VIDEOTECA ==
EL AUTOBÚS - LOS PAIZAS DE GUANACEVI
Sigue el carnaval autobusero...
jueves, 15 de enero de 2009
DRAMA AEROPORTUARIO EN TRES ACTOS (3 DE 3)
15.1.09 Por Juan Puñetas
Ya estás por fin en el avioncico. Media hora para poner tu maletita de mano en el oportuno compartimento. El personal se fía cada vez menos del control del equipaje y siempre lleva unas mudas, o medio vestuario encima, por si las moscas. Tras la hazaña de encontrar un hueco para tu maletita, te sientas como puedes. Encajonado, como los toros. Así vas a ir todas las horas que el piloto quiera. Tus rodillas atraviesan la paletilla del viajero de delante y el olor del sobaquillo del pasajero de al lado te llega con todo su glamour. ¡Menos mal que en el otro lado tienes la ventanilla! Aunque no puedas abrirla…¡un aroma menos! Como tengas que ir al servicio en pleno vuelo, para salir de tu asiento, vas a tener que hacer más virguerías que un acróbata del Cirque du Soleil.
-Señorita, ¿cuándo nos dan la prensa y el zumo de naranja? –pregunta un pasajero ignorantón.
-Uy, señor, eso es la prehistoria de la aviación. Ahora no le damos ni los buenos días.
Por fin parece que el cacharro volador subirá a los aires. Echas una ojeada a la ventanilla y ves que, después de todo, has tenido mucha suerte con que el avión estuviese justo al lado de la puerta de embarque. En el horizonte se adivinan varios autobuses atiborrados de pasajeros en busca del avión situado en el extremo más lejano del aeropuerto. Vuelves la vista al pasaje, que todavía anda algo incrédulo:
-¡No es posible, señorita! ¿Pero de verdad que vamos a volar ya? ¿No será una putada más de la compañía?
Por una vez la ficción coincide con la realidad. ¡Volaaaaamos! Quedan horas de camino pero como todo el personal está fatigadísimo por la larga espera, pronto el avioncejo será una enorme cama repleta de sueños y ronquidos. Esperemos que los pilotos no se duerman también. Qué majos… No queda más remedio que enviarles buenas vibraciones…
Cuando te despiertas observas que el avión está atravesando una nube. Jodé, si ya estamos cerca del aeropuerto de destino… El personal empieza a desperezarse. Algunos han puesto hasta el despertador. ¡Si se fiarán poco de la compañía aérea! Tras el aterrizaje (esperamos volver a verles nuevamente, dicen los muy cínicos) llega el momento más sublime del viaje. El climax. ¿Encontraré las maletas en la cinta, se habrán quedado en Madrid, estarán haciendo el Dakar o las habrán tirado por la escotilla de emergencia? Y si no aparecen, ¿qué va a ser de mí? ¡Con los sobrecitos de jamón y de chorizo que traía en ellas para abaratar la manduca y comer medio decente!
Miras, remiras, la cinta deja de moverse y allí te quedas anonadado, apesadumbrado, agilipollado, amargao… ¡Mis maletas! ¿Qué coño han hecho con mis maletas? Los peores augurios se han cumplido. Revisas todas las cintas de alrededor, te tientas la ropa, sí estoy aquí, pero ellas no están… Al fin reaccionas, te diriges al mostrador de reclamación de equipajes (el único que siempre está abierto, por algo será) y rellenas el PIR, un parte de irregularidad de equipajes, que todos los días rellenan regularmente miles y miles de personas en todo el mundo. ¡Así de bien hacen su trabajo quienes se ocupan del tejemaneje de las maletas! Luego sales a la calle convencido de que eres el ser más desgraciado del mundo. ¡Consuélate, tontaina: a esas mismas horas un ejército de pasajeros estará pensando de sí mismos igual que tú! Mejor que empieces a convencerte de que, aunque hayas escrito en el PIR tu dirección de hotel y el número del móvil, nadie se dignará llamarte para decirte cómo va la desaparición maleteril. Siempre serás tú quien deba llamar, interesarse, rogar y clamar porque muevan el trasero y hagan que las maletas te las devuelvan sanas y salvas. Nadie te dirá los derechos que tienes por la pérdida o la demora y tú te las verás y desearás para ponerte en contacto telefónico con un robot que repetirá monocordemente: “Estamos intentando localizarlas. Permanezca a la espera”. ¡Y una mierda! –tronarás lleno de ira-. ¡Yo soy el que paga la factura telefónica!
Sí, amiguito, te tratarán como si tú fueses el responsable de la pérdida del equipaje. Con un poco de suerte te la encontrarán, sin darte explicaciones sobre las causas del extravío. Si tienes más baraka, te las remitirán al hotel justo una hora después de que hayas cogido un taxi para el regreso a casa. Lo mismo tienes una flor en el culo y te las pierden del todo. Son así de irresponsables. Te consuelas pensando que las pobres estaban ya muy baqueteadas. En cuanto a la ropa, pasada de moda. Del jamón y el chorizo, alguien dará cuenta o, quizás logren encontrarlas cuando aparezca el hedor de su descomposición. Osti, lo mismo te ponen una multa entonces por llevar mercancía prohibida. En fin, si no aparece tu equipaje, no esperes reclamar: siempre faltará la dirección a donde hacerlo, el departamento apropiado o, si consigues superar este primer peldaño, lo mismo te faltan papeles y justificantes sumamente imprescindibles. Lo mejor hubiera sido hacer un seguro previo pero has llegado tarde, infeliz, que en vez de a Cuba, a Londres, a Berlín o a la Cochinchina, deberías haberte ido a pasar la semanita de las vacaciones a Jabalcuerno del Porrosillo, donde se está muy bien y la vida es más barata. Que, a ver si te enteras, la RENFE de ahora no es lo que era, que ya tenemos hasta trenes velocísimos… Así que déjate de pajarracos metálicos y pajarones bípedos aeroportuarios y pásate al AVE.
-¡Ostras, que no pasa por Jabalcuerno...! Pues no me va a quedar más remedio que coger mi cuatro latas y echarle 20 euros de gasolina súper…
(Decididamente, chaval, serás capullo hasta que te mueras…)
-Señorita, ¿cuándo nos dan la prensa y el zumo de naranja? –pregunta un pasajero ignorantón.
-Uy, señor, eso es la prehistoria de la aviación. Ahora no le damos ni los buenos días.
Por fin parece que el cacharro volador subirá a los aires. Echas una ojeada a la ventanilla y ves que, después de todo, has tenido mucha suerte con que el avión estuviese justo al lado de la puerta de embarque. En el horizonte se adivinan varios autobuses atiborrados de pasajeros en busca del avión situado en el extremo más lejano del aeropuerto. Vuelves la vista al pasaje, que todavía anda algo incrédulo:
-¡No es posible, señorita! ¿Pero de verdad que vamos a volar ya? ¿No será una putada más de la compañía?
Por una vez la ficción coincide con la realidad. ¡Volaaaaamos! Quedan horas de camino pero como todo el personal está fatigadísimo por la larga espera, pronto el avioncejo será una enorme cama repleta de sueños y ronquidos. Esperemos que los pilotos no se duerman también. Qué majos… No queda más remedio que enviarles buenas vibraciones…
Cuando te despiertas observas que el avión está atravesando una nube. Jodé, si ya estamos cerca del aeropuerto de destino… El personal empieza a desperezarse. Algunos han puesto hasta el despertador. ¡Si se fiarán poco de la compañía aérea! Tras el aterrizaje (esperamos volver a verles nuevamente, dicen los muy cínicos) llega el momento más sublime del viaje. El climax. ¿Encontraré las maletas en la cinta, se habrán quedado en Madrid, estarán haciendo el Dakar o las habrán tirado por la escotilla de emergencia? Y si no aparecen, ¿qué va a ser de mí? ¡Con los sobrecitos de jamón y de chorizo que traía en ellas para abaratar la manduca y comer medio decente!
Miras, remiras, la cinta deja de moverse y allí te quedas anonadado, apesadumbrado, agilipollado, amargao… ¡Mis maletas! ¿Qué coño han hecho con mis maletas? Los peores augurios se han cumplido. Revisas todas las cintas de alrededor, te tientas la ropa, sí estoy aquí, pero ellas no están… Al fin reaccionas, te diriges al mostrador de reclamación de equipajes (el único que siempre está abierto, por algo será) y rellenas el PIR, un parte de irregularidad de equipajes, que todos los días rellenan regularmente miles y miles de personas en todo el mundo. ¡Así de bien hacen su trabajo quienes se ocupan del tejemaneje de las maletas! Luego sales a la calle convencido de que eres el ser más desgraciado del mundo. ¡Consuélate, tontaina: a esas mismas horas un ejército de pasajeros estará pensando de sí mismos igual que tú! Mejor que empieces a convencerte de que, aunque hayas escrito en el PIR tu dirección de hotel y el número del móvil, nadie se dignará llamarte para decirte cómo va la desaparición maleteril. Siempre serás tú quien deba llamar, interesarse, rogar y clamar porque muevan el trasero y hagan que las maletas te las devuelvan sanas y salvas. Nadie te dirá los derechos que tienes por la pérdida o la demora y tú te las verás y desearás para ponerte en contacto telefónico con un robot que repetirá monocordemente: “Estamos intentando localizarlas. Permanezca a la espera”. ¡Y una mierda! –tronarás lleno de ira-. ¡Yo soy el que paga la factura telefónica!
Sí, amiguito, te tratarán como si tú fueses el responsable de la pérdida del equipaje. Con un poco de suerte te la encontrarán, sin darte explicaciones sobre las causas del extravío. Si tienes más baraka, te las remitirán al hotel justo una hora después de que hayas cogido un taxi para el regreso a casa. Lo mismo tienes una flor en el culo y te las pierden del todo. Son así de irresponsables. Te consuelas pensando que las pobres estaban ya muy baqueteadas. En cuanto a la ropa, pasada de moda. Del jamón y el chorizo, alguien dará cuenta o, quizás logren encontrarlas cuando aparezca el hedor de su descomposición. Osti, lo mismo te ponen una multa entonces por llevar mercancía prohibida. En fin, si no aparece tu equipaje, no esperes reclamar: siempre faltará la dirección a donde hacerlo, el departamento apropiado o, si consigues superar este primer peldaño, lo mismo te faltan papeles y justificantes sumamente imprescindibles. Lo mejor hubiera sido hacer un seguro previo pero has llegado tarde, infeliz, que en vez de a Cuba, a Londres, a Berlín o a la Cochinchina, deberías haberte ido a pasar la semanita de las vacaciones a Jabalcuerno del Porrosillo, donde se está muy bien y la vida es más barata. Que, a ver si te enteras, la RENFE de ahora no es lo que era, que ya tenemos hasta trenes velocísimos… Así que déjate de pajarracos metálicos y pajarones bípedos aeroportuarios y pásate al AVE.
-¡Ostras, que no pasa por Jabalcuerno...! Pues no me va a quedar más remedio que coger mi cuatro latas y echarle 20 euros de gasolina súper…
(Decididamente, chaval, serás capullo hasta que te mueras…)
martes, 13 de enero de 2009
DRAMA AEROPORTUARIO EN TRES ACTOS (2 DE 3)
13.1.09 Por Juan Puñetas
Ya estás en la sala de embarque. Aquello tiene un bullebulle que no veas: anda más transitado que las taquillas del Bernabéu en día de Champion. Miras a las pantallas y tu vuelo sigue en stand by. Mosqueado, preguntas a una señorita que pasa por allí.
-¡Oiga, yo sólo soy la señora de la limpieza…! –te recrimina indignada.
Empiezas a mosquearte. La hora de embarque está cercana y todavía no hay ni rastro de tu vuelo. Parece que no eres el único. Allí todo el mundo anda de cabeza averiguando sobre lo suyo.
-¿Tiene usted la amabilidad, señorita, de indicarme –si no se le sabe mal y entra en su sueldo- dónde cojones está escondido o perdido el avión que tenía que tomar ayer por la tarde con destino a Jabalcuerno del Porrosillo?
La dama ni se digna contestar. A la susodicha, Iberia (un suponer) no le paga para resolver las dudas de los pasajeros. Además, a ella tampoco le informan sus superiores, así que aquí no hay tío páseme usted el río. En vista de lo cual no tienes más remedio que intervenir, suplantando a la susodicha.
-Oiga, señor, me parece que usted se ha equivocado de edificio. Lo suyo corresponde a RENFE y a una estación del ferrocarril.
Entonces el tío se pone hecho un basilisco creyéndose que eres el jefe del aeropuerto, cuando a ese nadie le ha visto nunca el careto. Al final, con el cabreo del ignorante y el tuyo, estáis a punto de hacer un asalto de lucha libre, pero la campana os salva.
-¡Din, don! Aviso a los pasajeros del vuelo 75.689 de la compañía JIJI-AIR, con destino a Groenlandia. Tengan la amabilidad de pasar al iglú nº 7, desde donde serán embarcados ipsofacto. Repetimos ahora el aviso, pero en el idioma de los pingüinos: ¡Brrr, aggg, piffff!
Todo mentira. Piensas: mentira podrida. Se inventan un vuelo ficticio para que la gente se crea que todo funciona normalmente menos en el vuelo que a ella le ha caído en desgracia. Vuelves a mirar la pantallita de marras y compruebas que pone algo. Retraso, claro. Dos horitas de retraso para ir abriendo boca, porque luego añadirán otro par y así hasta que tu ansiado pajarraco metálico aterrice procedente de su anterior destino. La gente acude en masa a los mostradores de información donde se da de todo menos información. ¡Estás en un aeropuerto, macho, ciudad sin ley en donde se pierden los aviones, las maletas, los pasajeros, los bocadillos de tortilla y hasta la policía! Si tienes suerte te darán un vale para que te compres un periódico (atrasado, claro) y puedas adelantar doscientos trece puestos en la cola del WC.
Te entretienes mirando la cristalera que da a las pistas. De pronto ves a tus cuatro maletas encima de un motocarro. Las reconoces porque las pobres están llorando de pena y claman tu nombre y apellidos. No hay nada que hacer. Ahora las agarran y, pumba, las tiran brutalmente a otro motocarro que, a continuación, se las lleva a un avión cercano. Lloras como un bebé viendo su desgracia. De pronto, caes en la cuenta: no puede ser que ellas lleguen a Cuba antes que yo…. Sí, sí, a Cuba… A China se las llevan, por equivocación o porque allí las pagan más caras.
Seis horas más tarde tienes una intuición: tu avión acaba de aterrizar, listo para llevarte a tu caribeño destino. Lo has adivinado porque una bandada de pajaritos (vulgo, pasajeros) ha acudido en tropel al mostrador de la hipotética puerta de embarque.
-Tranquilos, señores y señoras. Yo sólo soy el marido de la hermana de quien tenía que estar aquí. Mi cuñada está de baja médica y me ha pedido que le recoja el cortaúñas que se dejó el otro día al lado del micrófono. ¡Buen vuelo, señores y señoras!
Otro fiasco. Pero la esperanza es lo último que se pierde y cuando menos te lo esperas, salta la liebre en forma de buena noticia:
-¡Din, don! ¡A ver, los pasajeros del vuelo 89.385! ¿Se puede saber qué demonios hacen ustedes? ¡La tripulación les estamos esperando en el avión desde hace la friolera de ocho horas! ¿Pero por qué son tan irresponsables? ¡Llevamos ocho horazas tirados en el frío compartimento del Airbus 969 esperando su embarque y ustedes, hala, dale que dale mirando las pantallitas y preguntando a cualquier hijo del aeropuerto! ¡Si es que dan ganas de abandonar esta bendita profesión con viajeros así! ¡Leñe, vayan al mostrador 92.376, donde les está esperando nuestra más guapa azafata y nuestro más musculoso azafato!
Y qué vas a hacer tú y todos los que te acompañan en busca del vuelo perdido. Pues agachar la cabeza, coger otra vez más el equipaje de mano (callos tienes ya en las manos de tanto moverlo de aquí para allá y de allá para aquí) y buscar el mostrador indicado. Con un poco de suerte lo mismo hasta aparece. Y entonces, sí, por fin, habrás conseguido lo que te proponías, chaval: ¡volar y tirarte una semanita de plácidas vacaciones en otro rincón del mundo gracias a tu compañía aérea favorita! (¡Pero qué inocente sigues siendo, capullo!).
-¡Oiga, yo sólo soy la señora de la limpieza…! –te recrimina indignada.
Empiezas a mosquearte. La hora de embarque está cercana y todavía no hay ni rastro de tu vuelo. Parece que no eres el único. Allí todo el mundo anda de cabeza averiguando sobre lo suyo.
-¿Tiene usted la amabilidad, señorita, de indicarme –si no se le sabe mal y entra en su sueldo- dónde cojones está escondido o perdido el avión que tenía que tomar ayer por la tarde con destino a Jabalcuerno del Porrosillo?
La dama ni se digna contestar. A la susodicha, Iberia (un suponer) no le paga para resolver las dudas de los pasajeros. Además, a ella tampoco le informan sus superiores, así que aquí no hay tío páseme usted el río. En vista de lo cual no tienes más remedio que intervenir, suplantando a la susodicha.
-Oiga, señor, me parece que usted se ha equivocado de edificio. Lo suyo corresponde a RENFE y a una estación del ferrocarril.
Entonces el tío se pone hecho un basilisco creyéndose que eres el jefe del aeropuerto, cuando a ese nadie le ha visto nunca el careto. Al final, con el cabreo del ignorante y el tuyo, estáis a punto de hacer un asalto de lucha libre, pero la campana os salva.
-¡Din, don! Aviso a los pasajeros del vuelo 75.689 de la compañía JIJI-AIR, con destino a Groenlandia. Tengan la amabilidad de pasar al iglú nº 7, desde donde serán embarcados ipsofacto. Repetimos ahora el aviso, pero en el idioma de los pingüinos: ¡Brrr, aggg, piffff!
Todo mentira. Piensas: mentira podrida. Se inventan un vuelo ficticio para que la gente se crea que todo funciona normalmente menos en el vuelo que a ella le ha caído en desgracia. Vuelves a mirar la pantallita de marras y compruebas que pone algo. Retraso, claro. Dos horitas de retraso para ir abriendo boca, porque luego añadirán otro par y así hasta que tu ansiado pajarraco metálico aterrice procedente de su anterior destino. La gente acude en masa a los mostradores de información donde se da de todo menos información. ¡Estás en un aeropuerto, macho, ciudad sin ley en donde se pierden los aviones, las maletas, los pasajeros, los bocadillos de tortilla y hasta la policía! Si tienes suerte te darán un vale para que te compres un periódico (atrasado, claro) y puedas adelantar doscientos trece puestos en la cola del WC.
Te entretienes mirando la cristalera que da a las pistas. De pronto ves a tus cuatro maletas encima de un motocarro. Las reconoces porque las pobres están llorando de pena y claman tu nombre y apellidos. No hay nada que hacer. Ahora las agarran y, pumba, las tiran brutalmente a otro motocarro que, a continuación, se las lleva a un avión cercano. Lloras como un bebé viendo su desgracia. De pronto, caes en la cuenta: no puede ser que ellas lleguen a Cuba antes que yo…. Sí, sí, a Cuba… A China se las llevan, por equivocación o porque allí las pagan más caras.
Seis horas más tarde tienes una intuición: tu avión acaba de aterrizar, listo para llevarte a tu caribeño destino. Lo has adivinado porque una bandada de pajaritos (vulgo, pasajeros) ha acudido en tropel al mostrador de la hipotética puerta de embarque.
-Tranquilos, señores y señoras. Yo sólo soy el marido de la hermana de quien tenía que estar aquí. Mi cuñada está de baja médica y me ha pedido que le recoja el cortaúñas que se dejó el otro día al lado del micrófono. ¡Buen vuelo, señores y señoras!
Otro fiasco. Pero la esperanza es lo último que se pierde y cuando menos te lo esperas, salta la liebre en forma de buena noticia:
-¡Din, don! ¡A ver, los pasajeros del vuelo 89.385! ¿Se puede saber qué demonios hacen ustedes? ¡La tripulación les estamos esperando en el avión desde hace la friolera de ocho horas! ¿Pero por qué son tan irresponsables? ¡Llevamos ocho horazas tirados en el frío compartimento del Airbus 969 esperando su embarque y ustedes, hala, dale que dale mirando las pantallitas y preguntando a cualquier hijo del aeropuerto! ¡Si es que dan ganas de abandonar esta bendita profesión con viajeros así! ¡Leñe, vayan al mostrador 92.376, donde les está esperando nuestra más guapa azafata y nuestro más musculoso azafato!
Y qué vas a hacer tú y todos los que te acompañan en busca del vuelo perdido. Pues agachar la cabeza, coger otra vez más el equipaje de mano (callos tienes ya en las manos de tanto moverlo de aquí para allá y de allá para aquí) y buscar el mostrador indicado. Con un poco de suerte lo mismo hasta aparece. Y entonces, sí, por fin, habrás conseguido lo que te proponías, chaval: ¡volar y tirarte una semanita de plácidas vacaciones en otro rincón del mundo gracias a tu compañía aérea favorita! (¡Pero qué inocente sigues siendo, capullo!).
CONTINUARÁ...
domingo, 11 de enero de 2009
DRAMA AEROPORTUARIO EN TRES ACTOS (1 DE 3)
11.1.09 Por Juan Puñetas
Uno de los mejores inventos del sadismo humanoide son los aeropuertos: esas ciudades en miniatura llenas de algunos pajarracos y muchos pajaritos, donde los primeros hacen su agosto a costa de los segundos. En ocasiones, los pajaritos (o sea, los pasajeros) acaban fritos de asco, indignación o cansancio.
Estos días muchos ciudadanos están sabiendo de primera mano cómo se las gastan en algunos aeropuertos, especialmente el de Barajas, aunque no es el único. Si en días de normalidad climatológica el viajero es tratado, más o menos, como si de un bulto más se tratara, cuando se juntan las nieves, las huelgas de celo de algunos pilotos intocables, el descontrol organizativo de Aena y el trato acostumbrado de muchos trabajadores del lugar, mejor olvidarse del vuelo y acudir al cine a relajarse un poquito viendo una película de terror: la realidad siempre superará a la ficción.
Desde el momento en que pisas las dependencias de un gran aeropuerto tómate por un pájaro desplumado. Ya sueles llegar mosqueado pues el taxista te ha cobrado el desplazamiento desde casa a precio de bellota cuando el kilometraje no pasaba de vulgar jamón de york. A continuación deberás realizar una carrera de fondo –se recomienda el uso de zapatillas deportivas- por decenas de pasillos, vericuetos y laberintos hasta dar con la ventanilla apropiada donde habrás de hacer la cola de rigor.
-¿Y todos éstos vamos a caber en el avioncico? –preguntas sorprendido al que te precede.
-No se preocupe: a los que sobremos nos acomodarán en el vuelo de la semana que viene.
Tras la espera de rigor, te plantas ante la señorita o señorito de turno a ver si tiene piedad y te da un asiento de la parte delantera del avión, que cuando llegan las turbulencias el pajarraco se mueve un poco y a ti te da un acojono que no veas. Mejor estar cerca de los pilotos…
-Sólo me queda el asiento del retrete delantero y dos plazas en la bodega del equipaje. Usted mismo…
Maldices tu mala suerte y coges la tarjeta de embarque mientras despides apesadumbrado a tus cuatro maletas (jodé, una muda limpia para cada día de la semana, qué menos…) pues te imaginas los maltratos que pasarán las pobres en las siguientes horas y, lo que es peor, desconoces a dónde irán a parar gracias al organizado descontrol de equipajes del aeropuerto y de las compañías aéreas. Rezas cuatro padres nuestros ya olvidados y te encaminas hacia el control de pasajeros tras recorrer otro par de kilómetros. Viajero no primerizo, pasarás olímpicamente de la comida que se sirve en los tugurios por mala, cara y de difícil digestión. Cuando estás a diez kilómetros de altura, tu estómago lo que desea es tranquilidad y no echar horas extras triturando algo incomestible tomado en tierra aeroportuaria.
En tu largo caminar ojeas las pantallas donde aparecen los vuelos más próximos. Tranquilo, chaval, te dices. Mientras que estoy aquí, dos horas antes de la salida, mi avión debe andar todavía por Londres, Paris o Berlín, así que adivina tú el porvenir de puntualidad británica que me espera. Pasemos cuanto antes el duro trance del control de pasajeros, que cada vez está más peliagudo. Entonces tu corazón empieza a latir aún más deprisa ante la visión de unos tipos y tipas disfrazados de guardias jurados que te van a cachear hasta los higadillos. Te quitas todo lo metálico, cinturón incluido, ropa de abrigo también y, más convencido que un creyente, ríes por lo bajini:
-Rabia, rabiña, que no me vais a encontrar nada metálico…
Ingenuo de ti. Siempre habrá algo que habrás olvidado de quitarte. Esos botones metálicos de los calzoncillos, ese piercing en la tercera vértebra intercostal, esas tijeras para cortarte las uñas de los pies aprovechando el vuelo…
-¡Piiii, piiiii! ¡Malandrín a la vista!
No pudo ser. Quizás sean los zapatos, que llevan algo metálico en los cordones… Y te los tienes que quitar, claro…
-Pero, oiga, que el suelo está muy frío y los calcetines los llevo algo agujereados y olorosos…
-Si quiere volar, ya sabe, pobre mindundi. Queremos comprobar que usted no es un terrorista islámico disfrazado de vulgar padre de familia, barrigón y distraído.
-Pero es que las normas dicen…
-Qué normas, bobo, qué normas… Si quiere llamo a los guardias civiles, que esos son todavía más exigentes…
Ante amenaza tan soberbia, y dado que tú sólo quieres ir a Cuba una semanita para disfrutar de la vida y de unos cuantos polvetes a la salud de Fidel Castro, agachas la cabeza, te quitas los zapatos y lo que haga falta. Y tranquilo, eh, que en unos meses el chequeo será mucho más limpio: un escáner mostrará al guarda jurado todas las vergüenzas que se esconden debajo de tu ropaje. Ese sí que te va a dejar en pelota picada. Próximamente en sus pantallas.
Cuando por fin recuperas tu dignidad perdida en los zapatos, das un suspiro profundo y te felicitas: sin novedad en el frente aeroportuario. (¡Pero qué inocente eres, capullo!)
Estos días muchos ciudadanos están sabiendo de primera mano cómo se las gastan en algunos aeropuertos, especialmente el de Barajas, aunque no es el único. Si en días de normalidad climatológica el viajero es tratado, más o menos, como si de un bulto más se tratara, cuando se juntan las nieves, las huelgas de celo de algunos pilotos intocables, el descontrol organizativo de Aena y el trato acostumbrado de muchos trabajadores del lugar, mejor olvidarse del vuelo y acudir al cine a relajarse un poquito viendo una película de terror: la realidad siempre superará a la ficción.
Desde el momento en que pisas las dependencias de un gran aeropuerto tómate por un pájaro desplumado. Ya sueles llegar mosqueado pues el taxista te ha cobrado el desplazamiento desde casa a precio de bellota cuando el kilometraje no pasaba de vulgar jamón de york. A continuación deberás realizar una carrera de fondo –se recomienda el uso de zapatillas deportivas- por decenas de pasillos, vericuetos y laberintos hasta dar con la ventanilla apropiada donde habrás de hacer la cola de rigor.
-¿Y todos éstos vamos a caber en el avioncico? –preguntas sorprendido al que te precede.
-No se preocupe: a los que sobremos nos acomodarán en el vuelo de la semana que viene.
Tras la espera de rigor, te plantas ante la señorita o señorito de turno a ver si tiene piedad y te da un asiento de la parte delantera del avión, que cuando llegan las turbulencias el pajarraco se mueve un poco y a ti te da un acojono que no veas. Mejor estar cerca de los pilotos…
-Sólo me queda el asiento del retrete delantero y dos plazas en la bodega del equipaje. Usted mismo…
Maldices tu mala suerte y coges la tarjeta de embarque mientras despides apesadumbrado a tus cuatro maletas (jodé, una muda limpia para cada día de la semana, qué menos…) pues te imaginas los maltratos que pasarán las pobres en las siguientes horas y, lo que es peor, desconoces a dónde irán a parar gracias al organizado descontrol de equipajes del aeropuerto y de las compañías aéreas. Rezas cuatro padres nuestros ya olvidados y te encaminas hacia el control de pasajeros tras recorrer otro par de kilómetros. Viajero no primerizo, pasarás olímpicamente de la comida que se sirve en los tugurios por mala, cara y de difícil digestión. Cuando estás a diez kilómetros de altura, tu estómago lo que desea es tranquilidad y no echar horas extras triturando algo incomestible tomado en tierra aeroportuaria.
En tu largo caminar ojeas las pantallas donde aparecen los vuelos más próximos. Tranquilo, chaval, te dices. Mientras que estoy aquí, dos horas antes de la salida, mi avión debe andar todavía por Londres, Paris o Berlín, así que adivina tú el porvenir de puntualidad británica que me espera. Pasemos cuanto antes el duro trance del control de pasajeros, que cada vez está más peliagudo. Entonces tu corazón empieza a latir aún más deprisa ante la visión de unos tipos y tipas disfrazados de guardias jurados que te van a cachear hasta los higadillos. Te quitas todo lo metálico, cinturón incluido, ropa de abrigo también y, más convencido que un creyente, ríes por lo bajini:
-Rabia, rabiña, que no me vais a encontrar nada metálico…
Ingenuo de ti. Siempre habrá algo que habrás olvidado de quitarte. Esos botones metálicos de los calzoncillos, ese piercing en la tercera vértebra intercostal, esas tijeras para cortarte las uñas de los pies aprovechando el vuelo…
-¡Piiii, piiiii! ¡Malandrín a la vista!
No pudo ser. Quizás sean los zapatos, que llevan algo metálico en los cordones… Y te los tienes que quitar, claro…
-Pero, oiga, que el suelo está muy frío y los calcetines los llevo algo agujereados y olorosos…
-Si quiere volar, ya sabe, pobre mindundi. Queremos comprobar que usted no es un terrorista islámico disfrazado de vulgar padre de familia, barrigón y distraído.
-Pero es que las normas dicen…
-Qué normas, bobo, qué normas… Si quiere llamo a los guardias civiles, que esos son todavía más exigentes…
Ante amenaza tan soberbia, y dado que tú sólo quieres ir a Cuba una semanita para disfrutar de la vida y de unos cuantos polvetes a la salud de Fidel Castro, agachas la cabeza, te quitas los zapatos y lo que haga falta. Y tranquilo, eh, que en unos meses el chequeo será mucho más limpio: un escáner mostrará al guarda jurado todas las vergüenzas que se esconden debajo de tu ropaje. Ese sí que te va a dejar en pelota picada. Próximamente en sus pantallas.
Cuando por fin recuperas tu dignidad perdida en los zapatos, das un suspiro profundo y te felicitas: sin novedad en el frente aeroportuario. (¡Pero qué inocente eres, capullo!)
CONTINUARÁ...
lunes, 22 de diciembre de 2008
Y EN LAS NAVIDADES, DESCANSÓ
22.12.08 Por Juan Puñetas
viernes, 19 de diciembre de 2008
OPOSICIONES PARA DIPUTADO
19.12.08 Por Juan Puñetas
Como la clase o casta política funciona al margen de los cánones establecidos (pese a lo cual se autoproclama “representante del pueblo”), a nadie se le ocurre que al igual que a cualquier persona que va a ejercer un puesto de responsabilidad se le exigen una serie de requisitos intelectuales, psicológicos y profesionales, también a los políticos se les debería “examinar” en cierta medida, o exigir unos mínimos, de acuerdo a lo que las futuras señorías van a tener que hacer si salen elegidos en unas elecciones, sean generales o autonómicas.
Se ve -sin embargo- que para ir en una lista electoral la única exigencia es que el personal sea elegido por los jerifaltes del partido, gracias a cosas tan sustantivas como la amistad (a veces, desde la infancia), la guapura (en algunos casos) y, especialmente, el asentimiento total a lo que diga el capitoste supremo. Cosas tan elementales como un mínimo titulillo académico, cierta capacitación profesional en alguna área determinada y una cultura más o menos polivalente, son cosas excesivas para gente tan “ilustre”. ¡Con votar lo que les digan y con decir sí, señor, a lo que les propongan, van que chutan!
Dos ejemplos recientes (porque los han pillado en cueros) vienen a darnos la razón. El uno se ha dado en Valencia, donde por primera vez –por causa mayor- ha votado desde su casa una parlamentaria. Sería deseable que la medida se extendiese y así nos ahorraríamos un pastón en viajes, dietas y otros perendengues, pero parece que la cosa irá para largo pues los resultados de la experiencia han sido "catastróficos": la diputada psocialista ha votado hasta en seis ocasiones en coincidencia con el PP. Y es que su correo llegó antes de que se produjese la votación. Se supone que previamente le dijeron qué es lo que tenía que poner en el correo del voto, pero hete aquí que los acontecimientos en el Parlamento debieron ir por derroteros contrarios, así que lo que iba a ser “Digo” devino en “Diego”. ¡Vaya faena! Según la portavoz psocialista “el experimento piloto ha evidenciado la necesidad de utilizar otro método en el que el voto sea simultáneo al del resto del grupo, con el fin de evitar problemas y disparidades de voto”. Su explicación refleja una realidad bastante patética: nadie sabe lo que va a votar hasta el instante en que se lo dicen. A esto le llaman “disciplina de partido”, con lo que sobra la funesta manía de pensar. Un concepto de la democracia la mar de sui géneris. Así les luce el pelo y por ello tienen menos credibilidad que un ciego pilotando un avión.
No extrañará que los diputados/as no precisen más requisito básico que el no pensar, no saber y no cuestionar nada. Al fin y al cabo su eficiencia laboral se mide en no equivocarse a la hora de apretar el preciso botón que otorga el voto preanunciado. Luego, un suponer, llegan los cachondos reporteros del programa Caiga quien Caiga, entrevistan con preguntillas de cultureta general a los diputados del Parlamento andaluz y salen los resultados esperables: suspenso total. Es el segundo ejemplo al que me refería.
A la pregunta de “¿Cuál es la tasa de paro en Andalucía?” sólo acertaron el Presidente de la Junta y el líder de la oposición. O sea, los capitostes. Preguntados sobre qué es el ADN, ni idea. Incluyendo al máximo mandatario que, balbuceando, sólo atinó a contestar: “Bueno, pues el ADN”. Como escribe Luis Miguel Fuentes, “que nuestro futuro dependa de esta caterva ignorante, pasota, infantil, impresentable y ridícula, que en ellos se digan depositadas nuestra democracia y nuestras esperanzas, es para echarse a temblar”. (Vean el video del final y entenderán).
Regresando al principio de esta parida es urgente, por regenerativo y saludable, que a los candidatos a la cosa pública se les realicen unas pruebas iniciales como garantía de que la ciudadanía no vamos a estar en manos de unos vulgares mercachifles: cultura general, mínima titulación (qué menos que el bachillerato), tests psicológicos, pruebas de resistencia física (estar sentados, calladitos y obedientes exige mucho aguante), etc. Yo hasta los pondría en fase de prácticas durante una temporadita. Al fin y al cabo, es lo que se le exige a los ciudadanos cuando aspiran a desempeñar algún puesto de trabajo de cierta responsabilidad. ¿Por qué van a ser diferentes los diputados y diputadas, máxime cuando nuestras vidas, haciendas y bolsillos dependerán de lo hagan luego o de lo que les digan los jefazos que voten?
Se ve -sin embargo- que para ir en una lista electoral la única exigencia es que el personal sea elegido por los jerifaltes del partido, gracias a cosas tan sustantivas como la amistad (a veces, desde la infancia), la guapura (en algunos casos) y, especialmente, el asentimiento total a lo que diga el capitoste supremo. Cosas tan elementales como un mínimo titulillo académico, cierta capacitación profesional en alguna área determinada y una cultura más o menos polivalente, son cosas excesivas para gente tan “ilustre”. ¡Con votar lo que les digan y con decir sí, señor, a lo que les propongan, van que chutan!
Dos ejemplos recientes (porque los han pillado en cueros) vienen a darnos la razón. El uno se ha dado en Valencia, donde por primera vez –por causa mayor- ha votado desde su casa una parlamentaria. Sería deseable que la medida se extendiese y así nos ahorraríamos un pastón en viajes, dietas y otros perendengues, pero parece que la cosa irá para largo pues los resultados de la experiencia han sido "catastróficos": la diputada psocialista ha votado hasta en seis ocasiones en coincidencia con el PP. Y es que su correo llegó antes de que se produjese la votación. Se supone que previamente le dijeron qué es lo que tenía que poner en el correo del voto, pero hete aquí que los acontecimientos en el Parlamento debieron ir por derroteros contrarios, así que lo que iba a ser “Digo” devino en “Diego”. ¡Vaya faena! Según la portavoz psocialista “el experimento piloto ha evidenciado la necesidad de utilizar otro método en el que el voto sea simultáneo al del resto del grupo, con el fin de evitar problemas y disparidades de voto”. Su explicación refleja una realidad bastante patética: nadie sabe lo que va a votar hasta el instante en que se lo dicen. A esto le llaman “disciplina de partido”, con lo que sobra la funesta manía de pensar. Un concepto de la democracia la mar de sui géneris. Así les luce el pelo y por ello tienen menos credibilidad que un ciego pilotando un avión.
No extrañará que los diputados/as no precisen más requisito básico que el no pensar, no saber y no cuestionar nada. Al fin y al cabo su eficiencia laboral se mide en no equivocarse a la hora de apretar el preciso botón que otorga el voto preanunciado. Luego, un suponer, llegan los cachondos reporteros del programa Caiga quien Caiga, entrevistan con preguntillas de cultureta general a los diputados del Parlamento andaluz y salen los resultados esperables: suspenso total. Es el segundo ejemplo al que me refería.
A la pregunta de “¿Cuál es la tasa de paro en Andalucía?” sólo acertaron el Presidente de la Junta y el líder de la oposición. O sea, los capitostes. Preguntados sobre qué es el ADN, ni idea. Incluyendo al máximo mandatario que, balbuceando, sólo atinó a contestar: “Bueno, pues el ADN”. Como escribe Luis Miguel Fuentes, “que nuestro futuro dependa de esta caterva ignorante, pasota, infantil, impresentable y ridícula, que en ellos se digan depositadas nuestra democracia y nuestras esperanzas, es para echarse a temblar”. (Vean el video del final y entenderán).
Regresando al principio de esta parida es urgente, por regenerativo y saludable, que a los candidatos a la cosa pública se les realicen unas pruebas iniciales como garantía de que la ciudadanía no vamos a estar en manos de unos vulgares mercachifles: cultura general, mínima titulación (qué menos que el bachillerato), tests psicológicos, pruebas de resistencia física (estar sentados, calladitos y obedientes exige mucho aguante), etc. Yo hasta los pondría en fase de prácticas durante una temporadita. Al fin y al cabo, es lo que se le exige a los ciudadanos cuando aspiran a desempeñar algún puesto de trabajo de cierta responsabilidad. ¿Por qué van a ser diferentes los diputados y diputadas, máxime cuando nuestras vidas, haciendas y bolsillos dependerán de lo hagan luego o de lo que les digan los jefazos que voten?
martes, 16 de diciembre de 2008
ESPERANDO AL DETECTIVE DE LA SGAE
16.12.08 Por Juan Puñetas
“Señor psiquiatra: Desde que el gobierno zapateril dio carta libre a la SGAE para que hiciera de su capa un sayo con el canon y el mamon (de mamoneo), andan los garrapiñeros chicos de Teddy Bautista la mar de detectivescos ellos. Lo mismo se cuelan en una boda ajena que meten la nariz en una caseta de feria, que se llevan la pasta obtenida en una gala benéfica. Se han convertido, de un tiempo a esta parte, en el terror de las nenas y nenes. Afirma la afamada Sociedad que el personal va de pirata perdido día y noche por lo que sus socios están perdiendo suculentos beneficios. Olvida que siempre ha habido piratas, especialmente entre los medios empresariales de la música, cine, editoriales y otras gaitas. Ahora los bucaneros se han socializado cantidad y ya hasta el niño de Primaria es capaz de bajarse de interné una canción sin encomendarse a dios, al diablo ni a las SGAE. Así que, desde lo del canon por narices (todos somos piratas en potencia, chorizos de Cantimpalo, y por tanto todos hemos de pagar por adelantado, aunque compremos una batería de cocina) estos tipos y tipas están en plan detectivesco a ver si nos sacan hasta los higadillos con cualquier fruslería". (...)
"Doctor, ando en un sin vivir en mí pues temo que cualquier día, al canturrear afeitándome, se me aparezca un detective de la SGAE saliendo del inodoro para ponerme una multa por derechos de autor impagados. O que abra la puerta de casa cuando esté yo fuera y se dedique a hurgar en mi cedeteca buscando canciones no originales, sin saber el muy subnormal que en mis tiempos me gasté una pasta gansa en vinilos y casetes, habiendo tirado todos a la basura tras digitalizarlos previamente con muchos sudores y esfuerzos. ¡Esto lo ha robado usted de internet, piratón! –sería el grito de guerra al llegar yo antes de tiempo y encontrármelo con la mano en la masa. Vamos, es que cada vez que tuerzo una esquina, en un lugar algo apartado o solitario, tengo miedo de encontrarme con el detective de la SGAE dispuesto a sacarme los ojos del impuesto revolucionario a poco que me descuide. Y, claro, esto no es vida, doctor. No porque tenga algo que temer, que no, si no porque uno –como casi todo el mundo- anda sin derecho alguno como consumidor, al arbitrio de bancos filibusteros, telecos robaperas, petroleras bandoleras, vendedores sin escrúpulos que te venden como moto lo que no pasa de simple patinete. Y es que, hoy, donde todo se ha complicado cantidubi (vea el ejemplo de las teles o las cámaras fotográficas), hay que ser un catedrático de la cosa para entender algo de los nuevos artículos tan tecnológicos que nos meten por las narices y evitar así que no le tomen a uno por imbécil, timándole alegre e impunemente. Ya sólo faltaba la Sociedad ésta de Autores, que directamente nos toma por sinvergüenzas, con la anuencia y complicidad del gobierno de turno, progresista él y primer defensor mundial de los derechos humanos. Será de los de sus miembros, miembras y compinches…" (...)
"Sí, doctor, ya sé que lo mío es incomprensible porque no voy al cine, no tengo tele, no compro un puñetero CD, el DVD lo tiré a la basura hace años y sólo escucho música clásica del siglo XVII. Paso de la cultura moderna que ampara la SGAE. Sólo leo a los clásicos, ya sabe Sócrates, Séneca, Bocaccio… Y es por eso que, no teniendo nada que temer, estoy muy preocupado. Temo, psiquiatrilla mío, que el día que aparezca el detective de la SGAE me dé un arrebato y me ponga a su altura. Porque para esta gente yo, como todo el mundo, soy un ladrón sin presunción alguna de inocencia. Y eso me cabrea muchísimo y me pone de los nervios y me da un sinvivir que no vea, doctor. Y es que estoy resistiéndome, pero lo mismo me da un ataque de locura y pirateo hasta al lucero del alba y a la luna creciente. Si me toman por un chorizo y me hacen pagar dinerini extra hasta por hacer una fotocopia del DNI, van a acabar porque al final lo sea de verdad, que uno vive en otro tiempo (donde la cultura no era esta mierda de cosa tan mercantilista que tenemos) pero no es un gilipollas. Así que, recéteme algo, psiquiatrilla mío, antes de que pierda la cabeza del todo y cometa una burrada”. (...)
ULTIMA HORA. (Diario El Mundo). Pepito Picatoste, ciudadano ejemplar, natural de El Porrosillo, Reino De Taifas Andalusí, acudió ayer a la consulta del afamado psiquiatra D. Jaime Cantamañanas. Cuando finalizó la consulta, al comprobar que el doctor llevaba una doble vida (en sus horas extras trabajaba como detective de la SGAE), la emprendió a golpes con el diván hasta dejarlo irreconocible. El doctor, tras llamar a la policía, fue ingresado en un psiquiátrico pues manifestaba gran alteración neuronal a consecuencia de las profundas emociones vividas minutos antes. Avisada la SGAE, don Picatoste fue contratado ipso facto como detective sustituto del doctor hasta que éste vuelva a estar civilmente disponible. Gracias a esta labor tan filantrópica de la Sociedad de Autores nuestro ciudadano ejemplar ha podido superar sus traumas psiquiátricos. ¡Para que luego hablen mal de tan denostada Sociedad!
"Doctor, ando en un sin vivir en mí pues temo que cualquier día, al canturrear afeitándome, se me aparezca un detective de la SGAE saliendo del inodoro para ponerme una multa por derechos de autor impagados. O que abra la puerta de casa cuando esté yo fuera y se dedique a hurgar en mi cedeteca buscando canciones no originales, sin saber el muy subnormal que en mis tiempos me gasté una pasta gansa en vinilos y casetes, habiendo tirado todos a la basura tras digitalizarlos previamente con muchos sudores y esfuerzos. ¡Esto lo ha robado usted de internet, piratón! –sería el grito de guerra al llegar yo antes de tiempo y encontrármelo con la mano en la masa. Vamos, es que cada vez que tuerzo una esquina, en un lugar algo apartado o solitario, tengo miedo de encontrarme con el detective de la SGAE dispuesto a sacarme los ojos del impuesto revolucionario a poco que me descuide. Y, claro, esto no es vida, doctor. No porque tenga algo que temer, que no, si no porque uno –como casi todo el mundo- anda sin derecho alguno como consumidor, al arbitrio de bancos filibusteros, telecos robaperas, petroleras bandoleras, vendedores sin escrúpulos que te venden como moto lo que no pasa de simple patinete. Y es que, hoy, donde todo se ha complicado cantidubi (vea el ejemplo de las teles o las cámaras fotográficas), hay que ser un catedrático de la cosa para entender algo de los nuevos artículos tan tecnológicos que nos meten por las narices y evitar así que no le tomen a uno por imbécil, timándole alegre e impunemente. Ya sólo faltaba la Sociedad ésta de Autores, que directamente nos toma por sinvergüenzas, con la anuencia y complicidad del gobierno de turno, progresista él y primer defensor mundial de los derechos humanos. Será de los de sus miembros, miembras y compinches…" (...)
"Sí, doctor, ya sé que lo mío es incomprensible porque no voy al cine, no tengo tele, no compro un puñetero CD, el DVD lo tiré a la basura hace años y sólo escucho música clásica del siglo XVII. Paso de la cultura moderna que ampara la SGAE. Sólo leo a los clásicos, ya sabe Sócrates, Séneca, Bocaccio… Y es por eso que, no teniendo nada que temer, estoy muy preocupado. Temo, psiquiatrilla mío, que el día que aparezca el detective de la SGAE me dé un arrebato y me ponga a su altura. Porque para esta gente yo, como todo el mundo, soy un ladrón sin presunción alguna de inocencia. Y eso me cabrea muchísimo y me pone de los nervios y me da un sinvivir que no vea, doctor. Y es que estoy resistiéndome, pero lo mismo me da un ataque de locura y pirateo hasta al lucero del alba y a la luna creciente. Si me toman por un chorizo y me hacen pagar dinerini extra hasta por hacer una fotocopia del DNI, van a acabar porque al final lo sea de verdad, que uno vive en otro tiempo (donde la cultura no era esta mierda de cosa tan mercantilista que tenemos) pero no es un gilipollas. Así que, recéteme algo, psiquiatrilla mío, antes de que pierda la cabeza del todo y cometa una burrada”. (...)
ULTIMA HORA. (Diario El Mundo). Pepito Picatoste, ciudadano ejemplar, natural de El Porrosillo, Reino De Taifas Andalusí, acudió ayer a la consulta del afamado psiquiatra D. Jaime Cantamañanas. Cuando finalizó la consulta, al comprobar que el doctor llevaba una doble vida (en sus horas extras trabajaba como detective de la SGAE), la emprendió a golpes con el diván hasta dejarlo irreconocible. El doctor, tras llamar a la policía, fue ingresado en un psiquiátrico pues manifestaba gran alteración neuronal a consecuencia de las profundas emociones vividas minutos antes. Avisada la SGAE, don Picatoste fue contratado ipso facto como detective sustituto del doctor hasta que éste vuelva a estar civilmente disponible. Gracias a esta labor tan filantrópica de la Sociedad de Autores nuestro ciudadano ejemplar ha podido superar sus traumas psiquiátricos. ¡Para que luego hablen mal de tan denostada Sociedad!
sábado, 13 de diciembre de 2008
EL PUÑETAS VISITA EL PARLAMENTO
13.12.08 Por Juan Puñetas
La semana pasada nos dio por hacer un viaje a Madrid para visitar el Parlamento español. Sinceramente, cuando llegamos, no esperábamos ver allí presentes a todos los diputados y figurantes. No faltaba ni uno, oiga. Y eso que llegamos tempranillo.-Vamos a ver si cazamos a los absentistas, hacemos una foto de los escaños vacíos y escribimos un articulillo en plan denuncia.
Qué va. Allí estaban todos, bien vestiditos y peinados. Sospeché que mi visita había sido previamente filtrada por Jesusito, un amigo mío de altos vuelos y bajas camas. Habían actuado como cuando se sospecha la llegada de una alta autoridad a la oficina (el jefe, su señora o su querida) y todo el mundo llega antes de la hora, bien acicalado y con la sonrisa profidén para causar buena impresión.
En cualquier caso, allí estaban todos, más chulos que un ocho, enfrascados en un debate importantísimo para la salud del país.
-¡Y tú más! –escuché nada más llegar al Congreso.
-¡A mí no me dices eso en la sede de la soberanía popular!
-¡Mentira! Aquí la soberanía es socialista, no del partido popular! –clamó un camarada, levantando las gafas de las páginas del diario El País.
-¡Deja de leer el periódico, bellaco, y así sabrás de qué va el debate! –le reprendió un diputado pepero, rojo (con perdón) de ira.
-¡Esto no pasaría con un parlamento republicano! –terció un señor con una pegatina de IU en la solapa.
-¡Muera el Borbón! –se oyó proclamar, botella de güisqui en mano, a un tío con bigote parecido a Tejero, pero sin tricornio.
-¡Vale, señores, vale! ¡Haya tranquilidad! –Era el señor Bueno, perdón, quiero decir, Bono- No cambiaremos el mundo ni nada si no cambiamos nosotros los primeros.
Vi que en esos momentos el personal paró en seco, se puso a pensar y debió de decirse: “No he entendido lo que quiere decir el ghandi este, pero suena bien…” Fue el momento en que todos reanudaron sus labores cotidianas: unos retornaron a la lectura de la prensa del día, otros empezaron a levitar (creo que eran los del PNV), algunos entornaron los ojos y los más empezaron a preguntar al de la claqueta lo que había que votar a continuación.
Iba a aprovechar entonces para echar una ojeada a los urinarios (dime como tienes el meadero y te diré lo gorrino que eres) cuando una luz límpida y cegadora se cernió sobre mi augusta persona. Una silueta algo evanescente empezó a humanizarse ante mis propias narices. ¡Era don Zapatero! Su amplia sonrisa de piano de cola y su mirada marina me conmovieron. Quedé hipnotizado. Yo, que tengo más vuelo que toda la NBA junta, era todo un flan.
-¡Bienvenido, Puñetas, a esta tu casa! ¿Cómo estás? ¿Te apetece un cafelito? ¿Y la familia, necesita 400 euros? ¿Precisas un crédito blando al 2 %? Pídeme lo que quieras, amigo…
-Yo…, es que… -balbuceaba como si de pronto fuese un bebé.
-Ya sé que estás impresionado de verme y que la emoción te embarga, pero dime algo… Las cámaras están recogiendo la imagen, hay doscientos micros esperando una palabra tuya y como no digas nada vas a quedar como un idiota…
¡Qué tipo! ¡Qué psicología, qué mundo, cómo sabía provocarme cariñosamente para que aquello no quedase en fiasco!
-Me gustaría tomar un vaso de leche con colacao, un vasito de anís de El Mono y un bollo suizo –dije, sacando fuerzas de flaqueza.
Todos rieron la salida, excepto Alfonso Guerra, algo envidiosillo. Nueve segundos más tarde -cuando se acabaron las fotos- el Presidente se fue a una urgente reunión sobre el próximo partido Barcelona-Real Madrid. Volvió la normalidad a mi cuerpo serrano y pude por fin sentarme discretamente en el palco de invitados para presenciar la continuación del orden del día. Y allí estuve hasta que terminaron los discursos. Comprobé lo que ya sabía: que los unos y los otros afilaban las lenguas viperinas pero luego todo quedaba en dimes y diretes sin importancia. Gente civilizada, oyes, no como los vecinos de mi comunidad.
Cuando salí a la luz del sol dispuesto a recorrer las calles de Madrid -aún con el riesgo de encontrarme a Esperanza Aguirre contando una vez más su heroica salida de Bombay- giré la vista hacia los leones del Parlamento. Les guiñé un ojo de complicidad.
-Esos de ahí dentro son como niños pero no tenemos otros y los necesitamos. Vosotros, que sois gente del pueblo, cuidadlos, por fa.
-Sí –creo que quien hablaba era uno de los leones-, ahí dentro se mueve mucha carnaza pero a nosotros nos tienen a palo seco, con zanahorias y cacahuetes.
Jodé. Llevo pensando en la dichosa frase toda la semana. ¿Qué coño querría decir aquel leoncete pueblerino?
Iba a aprovechar entonces para echar una ojeada a los urinarios (dime como tienes el meadero y te diré lo gorrino que eres) cuando una luz límpida y cegadora se cernió sobre mi augusta persona. Una silueta algo evanescente empezó a humanizarse ante mis propias narices. ¡Era don Zapatero! Su amplia sonrisa de piano de cola y su mirada marina me conmovieron. Quedé hipnotizado. Yo, que tengo más vuelo que toda la NBA junta, era todo un flan.
-¡Bienvenido, Puñetas, a esta tu casa! ¿Cómo estás? ¿Te apetece un cafelito? ¿Y la familia, necesita 400 euros? ¿Precisas un crédito blando al 2 %? Pídeme lo que quieras, amigo…
-Yo…, es que… -balbuceaba como si de pronto fuese un bebé.
-Ya sé que estás impresionado de verme y que la emoción te embarga, pero dime algo… Las cámaras están recogiendo la imagen, hay doscientos micros esperando una palabra tuya y como no digas nada vas a quedar como un idiota…
¡Qué tipo! ¡Qué psicología, qué mundo, cómo sabía provocarme cariñosamente para que aquello no quedase en fiasco!
-Me gustaría tomar un vaso de leche con colacao, un vasito de anís de El Mono y un bollo suizo –dije, sacando fuerzas de flaqueza.
Todos rieron la salida, excepto Alfonso Guerra, algo envidiosillo. Nueve segundos más tarde -cuando se acabaron las fotos- el Presidente se fue a una urgente reunión sobre el próximo partido Barcelona-Real Madrid. Volvió la normalidad a mi cuerpo serrano y pude por fin sentarme discretamente en el palco de invitados para presenciar la continuación del orden del día. Y allí estuve hasta que terminaron los discursos. Comprobé lo que ya sabía: que los unos y los otros afilaban las lenguas viperinas pero luego todo quedaba en dimes y diretes sin importancia. Gente civilizada, oyes, no como los vecinos de mi comunidad.
Cuando salí a la luz del sol dispuesto a recorrer las calles de Madrid -aún con el riesgo de encontrarme a Esperanza Aguirre contando una vez más su heroica salida de Bombay- giré la vista hacia los leones del Parlamento. Les guiñé un ojo de complicidad.-Esos de ahí dentro son como niños pero no tenemos otros y los necesitamos. Vosotros, que sois gente del pueblo, cuidadlos, por fa.
-Sí –creo que quien hablaba era uno de los leones-, ahí dentro se mueve mucha carnaza pero a nosotros nos tienen a palo seco, con zanahorias y cacahuetes.
Jodé. Llevo pensando en la dichosa frase toda la semana. ¿Qué coño querría decir aquel leoncete pueblerino?
miércoles, 10 de diciembre de 2008
EL CONDÓN DEL CHIN PON CHIN PON
10.12.08 Por Juan Puñetas
El Ministerio de Sanidad, con el ministro Soria (¿o es Palencia?) a la cabeza, acaba de lanzar una campaña publicitaria dirigida a los jóvenes para animarles al uso del preservativo en las relaciones sexuales ya que las tasas de embarazos entre las adolescentes aumentan que es un primor. Como el Ministerio debe tener en alta estima cultural e intelectual a nuestros jovenzuelos (los más preparados de la historia de España, al menos en el asunto de la jodienda), se dirige a ellos usando los más profundos tecnicismos y el lenguaje más directo, alto y claro que imaginarse pueda.
- Stop. Tronco, yo no corono rollos con bombo. O condon, o yo pongo stop. Como fosos, como pozos, somos dos. O con condon, o yo sobro, bombon. Yo propongo condon, como modo. Lo cojo, lo toco, lo pongo. Con condon yo floto pronto. Solo con condon, solo con coco. (He quitado las tildes porque, francamente, afeaban la caligrafía).
Le he pasado la letra a varios conocidos. Un inglés de la Inglaterra, que está estos días tomando el sol por Andalucía, me dice: “Mí no entendé, mi español de la BBC no comprendé esas palabrotas”. Mi hijo y sus amigos afirman que ellos hablan como todo el mundo y que no conocen a ningún joven normal que hable así. Mi psicólogo de guardia, al que he acudido con inusitada urgencia, me dice que están todos locos: los del ministerio, los jóvenes, los condones y hasta Manolo el del Bombo. Un camarada, profesor del Instituto, se caga en las muelas de toda la parentela del Ministerio sanitario: “Treinta años enseñando a hablar y escribir correctamente nuestro idioma y vienen estos analfabetos y se mean lingüísticamente en los jóvenes y en el profesorado”. En fin, mi vecina la del quinto, del Partido Popular, se sube por las paredes y amenaza con pedir la dimisión y la cárcel a la plana mayor del señor Soria (sí, es Soria, y que los sorianos lo perdonen). Mi filósofo de cabecera, dándose cabezazos contra la tele de plasma: “Dos mil años de civilización (griegos, romanos, musulmanes…, ya sabes) para acabar con estos ladridos". Sí, “tronco” (tallo fuerte y macizo de los árboles), “bombo” (tambor muy grande que se toca con una maza”) o “coco” (árbol de América… y ecétera). El borde del primero, actual presidente de la Comunidad de vecinos: “¿Qué cojones tiene que ver un tallo, un tambor y un árbol con los espermatozoides y óvulos?”
-No sea idiota, Calamidad. Si el anuncio hablara de vaginas y penes, una gran mayoría de jóvenes no se enterarían de nada…
Es mi vecino el del octavo, viejo psocialista anclado en sus imaginarias batallistas del mayo del 68, con el que siempre estoy discutiendo porque –como el Ministro de Sanidad- él también cree que los jóvenes de hoy día son gilipollas. O bebés, o analfabetos multifuncionales.
El Puñetas, el más objetivo, equilibrado, justo y sensato de cuantos bípedos campan por el ruedo nacional, espera sinceramente que esta novedosa campaña publicitaria sea todo un éxito y que la canción del anuncio alcance pronto el primer puesto en el hit parade de los 40 Principales. Además de a la agencia publicitaria que la ha realizado, a la que le ha tocado la lotería en tiempos de crisis, esperemos que a algunos jóvenes y jóvenas le haga el apaño y usen el tronco envainado en el condón preceptivo para que el bombo sólo sirva para mostrarlo (con su ombliguito, claro) en los días de carnaval y playa.
- Jodé. Tronco, yo no corono rollos con bombo. O condon, o yo pongo stop. Como fosos, como pozos, somos dos… ¡Ahhhhhh, que me corrooooooooooooo! … ¿Y el condón? ¿Dónde coño está el puñetero condón?
- Stop. Tronco, yo no corono rollos con bombo. O condon, o yo pongo stop. Como fosos, como pozos, somos dos. O con condon, o yo sobro, bombon. Yo propongo condon, como modo. Lo cojo, lo toco, lo pongo. Con condon yo floto pronto. Solo con condon, solo con coco. (He quitado las tildes porque, francamente, afeaban la caligrafía).
Le he pasado la letra a varios conocidos. Un inglés de la Inglaterra, que está estos días tomando el sol por Andalucía, me dice: “Mí no entendé, mi español de la BBC no comprendé esas palabrotas”. Mi hijo y sus amigos afirman que ellos hablan como todo el mundo y que no conocen a ningún joven normal que hable así. Mi psicólogo de guardia, al que he acudido con inusitada urgencia, me dice que están todos locos: los del ministerio, los jóvenes, los condones y hasta Manolo el del Bombo. Un camarada, profesor del Instituto, se caga en las muelas de toda la parentela del Ministerio sanitario: “Treinta años enseñando a hablar y escribir correctamente nuestro idioma y vienen estos analfabetos y se mean lingüísticamente en los jóvenes y en el profesorado”. En fin, mi vecina la del quinto, del Partido Popular, se sube por las paredes y amenaza con pedir la dimisión y la cárcel a la plana mayor del señor Soria (sí, es Soria, y que los sorianos lo perdonen). Mi filósofo de cabecera, dándose cabezazos contra la tele de plasma: “Dos mil años de civilización (griegos, romanos, musulmanes…, ya sabes) para acabar con estos ladridos". Sí, “tronco” (tallo fuerte y macizo de los árboles), “bombo” (tambor muy grande que se toca con una maza”) o “coco” (árbol de América… y ecétera). El borde del primero, actual presidente de la Comunidad de vecinos: “¿Qué cojones tiene que ver un tallo, un tambor y un árbol con los espermatozoides y óvulos?”
-No sea idiota, Calamidad. Si el anuncio hablara de vaginas y penes, una gran mayoría de jóvenes no se enterarían de nada…
Es mi vecino el del octavo, viejo psocialista anclado en sus imaginarias batallistas del mayo del 68, con el que siempre estoy discutiendo porque –como el Ministro de Sanidad- él también cree que los jóvenes de hoy día son gilipollas. O bebés, o analfabetos multifuncionales.
El Puñetas, el más objetivo, equilibrado, justo y sensato de cuantos bípedos campan por el ruedo nacional, espera sinceramente que esta novedosa campaña publicitaria sea todo un éxito y que la canción del anuncio alcance pronto el primer puesto en el hit parade de los 40 Principales. Además de a la agencia publicitaria que la ha realizado, a la que le ha tocado la lotería en tiempos de crisis, esperemos que a algunos jóvenes y jóvenas le haga el apaño y usen el tronco envainado en el condón preceptivo para que el bombo sólo sirva para mostrarlo (con su ombliguito, claro) en los días de carnaval y playa.
- Jodé. Tronco, yo no corono rollos con bombo. O condon, o yo pongo stop. Como fosos, como pozos, somos dos… ¡Ahhhhhh, que me corrooooooooooooo! … ¿Y el condón? ¿Dónde coño está el puñetero condón?
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